El Evangelio resuena en todas las generaciones con la misma exigencia amorosa:
“Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48).
Estas palabras, que podrían parecer inalcanzables, encierran el núcleo de la vocación cristiana que se nos entrega en el bautismo: la santidad. No se trata de una meta reservada a unos pocos místicos o visionarios, sino de un camino abierto para todos, sin excepción. Cada época, cada cultura y cada persona es un espacio donde Dios llama. La historia de la Iglesia es, en realidad, una historia de respuestas generosas —en ocasiones temerosas— a esa voz que nunca deja de hablar.
En este horizonte se sitúa la figura de san Carlo Acutis, un joven del siglo XXI que vivió apenas quince años, pero que comprendió lo esencial: que la vida solo tiene sentido cuando se cumple la voluntad de Dios. Carlo no necesitó retirarse al desierto ni vestir un hábito; su santidad floreció en la escuela, en la calle, frente al ordenador y en la pista de fútbol. Desde muy niño intuyó que la Eucaristía era el centro de todo: “mi autopista hacia el Cielo”, decía, y orientó su existencia a hacer visible la presencia de Cristo en el día a día.
A través de su ejemplo, la Iglesia nos recuerda que la gracia no se limita a los claustros ni a los milagros sorprendentes: se derrama también en los pasillos del colegio, en las redes sociales y en las rutinas aparentemente triviales. Carlo supo escuchar la voz de Dios en el lenguaje de su tiempo, en un mundo saturado de ruidos y distracción. Su fe no fue una huida del presente, sino una vida vivida en plenitud, sin artificios ni esclavitudes modernas. Su corazón, libre de superficialidad, estaba predispuesto a obedecer la voluntad divina. “Mis amigos están tristes porque no conocen a Dios”, solía decir. Quería llevar a otros hacia la fuente de la alegría verdadera.
“Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega al último lo mismo que a ti... ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?” (Mt 20,14-15).
Este pasaje, que denuncia la envidia y la incomprensión ante la gratuidad divina, ilumina también las resistencias que despierta una santidad tan cercana como la de Carlo. Muchos se preguntan: “¿Qué hizo él, aparte de usar vaqueros y zapatillas?”. Pero precisamente ahí radica el milagro: en mostrar que la santidad no consiste en hazañas espectaculares, sino en amar a Dios. Carlo comprendió que el amor es la medida de la perfección y que todo lo demás —los talentos, las obras, los logros— solo tiene valor si conduce a ese amor.
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Esta docilidad al Espíritu encuentra un eco profundo en otro joven italiano, san Francisco de Asís, quien siglos antes escuchó la misma voz transformadora. Francisco, el hijo del rico comerciante, conoció la vanidad y el placer; pero el encuentro con Cristo crucificado en la iglesia de San Damián lo despojó, poco a poco, de toda ilusión mundana. Su conversión, de un joven frívolo a un imitador radical de Cristo, es una de las metamorfosis más hermosas de la historia espiritual de la cristiandad.
Jesús le habló, como al joven rico del Evangelio (Mc 10,17-22): “Vende lo que tienes, dalo a los pobres y sígueme”. Francisco sí lo hizo. Renunció a todo lo que le prometía seguridad y eligió la pobreza, el servicio y la fraternidad. Desde entonces, su vida se convirtió en un reflejo visible del Evangelio. Fue, en palabras del papa Benedicto XVI, “un hombre que quiso seguir a Cristo sine glossa, sin interpretaciones ni atenuantes”.
La vida de Carlo Acutis puede parecer distinta en apariencia, pero comparte el mismo principio evangélico: escuchar y responder. Francisco escuchó la voz del Crucificado desde las piedras de San Damián; Carlo la escuchó desde la Hostia consagrada y sus dones informáticos. Ambos entendieron que Dios se revela en momentos concretos de la vida, y que lo único necesario es tener el corazón abierto para reconocerlo.
San Francisco de Asís también sufrió el desprecio de otros que tenían el ideal de santidad como un camino fabricado a la medida de una élite. Sin embargo, la voz del Señor lo condujo por la senda correcta: la del Evangelio. Por otra parte, también la historia de San Francisco sufrió distorsiones, convirtiéndolo en un ente de otro mundo, un riesgo que parece estar impregnando la vida del joven Carlo Acutis. Dios propone a personas de carne y hueso, con defectos y virtudes, como modelos para seguir su voluntad. Dios mismo se hizo hombre para mostrarnos esa ruta. No podemos convertir la santidad en algo inalcanzable o, peor aún, en un camino hecho a medida según ciertos intereses.
Francisco y Carlo, separados por ocho siglos, son dos signos de un mismo Espíritu. El primero habló desde la pobreza radical; el segundo, desde la sencillez cotidiana de un joven del siglo XXI. Ambos dejaron que el Evangelio modelara sus vidas, hasta convertirse en testigos visibles de que Dios sigue llamando hoy, como ayer, a todos los hombres y mujeres a la plenitud de la vida.
La vida de estos santos nos recuerda que la llamada de Dios no depende del tiempo, del lugar ni de la edad. Él sigue pronunciando las mismas palabras que dijo en los caminos de Galilea: “Ven y sígueme” (Mt 9,9). Escucharlas exige silencio interior, humildad y confianza. Responder implica renunciar a los ídolos del egoísmo y abrirse a una existencia nueva, centrada en el amor.
Tanto Francisco como Carlo nos enseñan que la santidad no es una meta heroica reservada a santos inalcanzables con aureolas de oro, sino la condición natural de quien vive unido a Cristo. Dios no busca perfeccionistas, sino corazones disponibles. Y cuando un alma se deja alcanzar por su voz, ya no importa si vive en el siglo XIII o en el XXI: en ambos, el Evangelio vuelve a hacerse carne.
PAZ Y BIEN
Juan Avís O.F.S.